Guanacaste: Retratos de Vida

Posted on: April 11th, 2011 by Sugar

Niños bailarines celebran el comienzo de una corrida


Un viejo proverbio chino dice que un libro es como un jardín que se carga en el bolsillo.  Se asume que este dicho se refiere a lo que el lector tendría que sentir.  Para mí, la publicación del libro Guanacaste: Retratos de Vida, fue como un jardín exuberante brotando de los infinitos bolsillos de la mente.

El libro, sin que yo me diera cuenta, estuvo haciéndose durante años.  Miles de imágenes, de incontables instantes de vida, fueron grabándose en bytes digitales.  Aquellas imágenes fueron las semillas de las que brotarían bellos jardines.  Las fotografías empezaron como tareas pesadas, como cuando maneje durante horas en el calor pasmoso de Guanacaste buscando fincas de tilapia, o el salir de mi casa en la oscuridad, atravesar arroyos crecidos y sortear los innumerables huecos de las carreteras de lastre lavadas por las lluvias, sólo para ver la llegada de las tortugas loras a Ostional.

Estas tortugas lora regresan al mar al amanecer, después de una arribada



En estos devenires es donde se encuentra lo milagroso de la fotografía y de Guanacaste: la vida se despliega en formas sorprendentes e inimaginables, y aunque una foto de alevines no llegó a ser parte del libro, aquella asignatura frustrante me dio la imagen de un hombre montado sobre un caballo blanco, galopando por la llanura, haciendo que aves de tonos rosáceos levantaran el vuelo sobre él.  Aquel momento sublime se convirtió en la primera foto del libro.  Y ni se diga de mi llegada a Ostional al amanecer, pues coincidió con la arribada de miles de Tortugas Loras, y de un nacimiento inesperado de tortuguitas.  Aquellos instantes milagrosos (el comienzo y el fin de un ciclo que se ha repetido durante milenios) son algunos de los jardines que aparecieron entre las páginas de mi libro.

Un montador espanta las aves de los estanques de tilapia en la bajura guanacasteca



Una a una, las imágenes captadas se convirtieron en partes de un todo:  el sabanero montado en bicicleta (en lugar de a caballo) atravesando una nube de polvo coloreado de oro por el atardecer; hombres llamados ‘lagarteros’ levantando un cocodrilo vivo como un trofeo; una chica morena de belleza despampanante, meneando su trenza larga al ritmo de la música de sus antepasados españoles, indios y negros; un toro descomunal suspendido sobre un montador caído con la delicadeza de una pluma y un octogenario cuya cara está marcada como el lecho de un lago seco.

Después de un dia de caza, los pobladores de Ortega cantan victoria al apresar a un cocodrilo en la tradicional lagarteada



Cada fotografía, vista con una actitud de asombro, evoca una tierra de profundas raíces culturales y belleza excepcional.  Cada fotografía es un jardín personal; yo, no solamente tomé la foto de una procesión religiosa en Santa Cruz—también caminé­ al lado de la estatua del Cristo Negro de Esquipulas, remontándome en la historia para presenciar el legado de fe que ha mantenido a su gente unida desde el Siglo XVI.  No solamente fotografía una corrida más en un pueblito llamado Cañafístula—sino que también fue privilegiada con una invitación a la celebración de los 100 años de la Hacienda La Pinta­­-­de dónde salieron los toros más feroces y de dónde el propietario Don Martin Vallejo Arrieta, el gamonal de la hacienda aún se desespera del fraccionamiento de las haciendas y del incremento en el número de automóviles.­­­­­­

La luz de una tarde de verano se filtra por entre una nube de polvo silueteando la figura de un ciclista



Y luego, descubro la magia de la naturaleza inmaculada, tan asombrosa para el ojo humano como para la cámara: escuelas de lizas saltando en el aire como destellos plateados sobre la superficie del océano, una ballena jorobada jugando con su crío en aguas colindantes con las costas, las lluvias torrenciales del trópico, cayendo como nieve sobre las jorobas del ganado, y los atardeceres de Guanacaste, cada uno más intrigante que el ultimo.



Todas aquellas experiencias satisfacen el alma, llenándole a uno los bolsillos con la fragancia del árbol de flor blanca, la música sensible de la marimba y la vista aérea de  playas y esteros intactos.

Les invito a que tomen este libro y lo lleven en el bolsillo.

–Zoraida Diaz